El cuerpo entra en escena antes que la palabra. Antes que el juicio. Antes que la explicación. No cae. No vuela. Se arquea como se arquean las biografías cuando el mundo pesa demasiado. Eila, la modelo catalana con la que he realizado esta colaboración, no interpreta un gesto: lo habita.


La espalda se curva hacia atrás como si buscara aire en un lugar donde el aire siempre ha sido escaso. Las piernas sostienen una historia que no se ve, pero que empuja desde abajo.
Los brazos dibujan una geometría incierta, una coreografía nacida de la necesidad, no del deseo estético.
Aquí el cuerpo no es libre. Está en tensión. Tensión con la mirada. Con la norma. Con la expectativa de cómo debe moverse, mostrarse, detenerse.


La mano extendida no suplica. Detiene. Marca un límite invisible entre lo permitido y lo invadido. Entre lo propio y lo apropiado. El cuerpo femenino ha sido leído siempre por fragmentos. Piernas. Caderas. Piel. Gestos aislados de su contexto, despojados de su relato. Por eso el encuadre corta. Aísla. Interrumpe. No para ocultar, sino para mostrar cómo el poder mira: de forma parcial, utilitaria, incompleta.


El rostro aparece cuando ya no puede evitarse. Cuando el cuerpo ha dicho todo lo demás.
No hay desafío. No hay miedo. Hay una mirada que permanece. Que ha aprendido a sostenerse incluso cuando el mundo no sostiene.


Arrodillarse no es rendición. Es memoria corporal. Es haber sido empujada una y otra vez hacia abajo y seguir aquí.
Estas imágenes no hablan de danza. Hablan de adaptación. De cómo el cuerpo aprende a doblarse para no desaparecer. De cómo la tensión se vuelve lenguaje cuando la voz no basta. La piel como superficie frontera. Como territorio disputado. Una piel leída, interpretada, juzgada antes incluso de pronunciarse. Una piel que acumula miradas ajenas
y aun así sigue siendo propia. Una piel que no adorna, resiste.


En estas imágenes no he buscado la belleza pura, esa belleza cómoda que tranquiliza y pasa rápido. He buscado la verdad. Verdades que incomodan porque no se dejan consumir. Verdades fragmentadas, tensas, incompletas, como lo es la experiencia de habitar un cuerpo bajo la presión constante de la norma.
Verdades que no caben en un solo plano, ni en una sola postura, ni en un único relato cerrado. Verdades que necesitan curvarse, cortarse, repetirse, para poder existir.
Porque hay cuerpos, como el de Eila, que no se explican. No se traducen. No se resumen. Se sostienen.
Y en ese sostenerse, cuando todo empuja hacia la caída, habita una forma de resistencia
que no hace ruido pero deja huella. Y en ese sostener, resisten.
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